Opinión

La Gran Coalición, disminuida. 

H

an transcurrido tres meses cabales desde la más reciente elección general en la nación líder de la Unión Europea, tres meses cabales en los que ha sido imposible integrar un gobierno que aglutine una mayoría estable a partir de las fracciones minoritarias resultantes de los comicios de otoño. Hay que decir, de entrada, que el gobierno provisional que maneja Angela Merkel ha provocado que sean pocos los que en Alemania extrañan la ausencia de un gobierno constituido y menos los que la advierten en Europa y otros espacios geopolíticos. La inercia derivada de un liderazgo en general exitoso a lo largo de tres periodos dio aire definitivo a lo apenas provisional. Con el nuevo año llegó, sin embargo, el momento de extraer las inevitables conclusiones políticas de una elección para nada concluyente.

Para la canciller federal llegó el momento de buscar de nuevo un acuerdo que le permita prolongar su liderazgo por un cuarto y último periodo. Para el líder de la oposición, el jefe de los socialdemócratas del SPD, Martin Schulz, llegó el momento de tragarse sus palabras, proferidas en varios idiomas, y aceptar que debe negociarse la extensión de la Gran Coalición de los últimos años que él mismo había rechazado sin ambages. Para los verdes y los liberaldemócratas llegó el momento de procurar sendas rencarnaciones que los conecten otra vez con sus electorados de los que se han distanciado. Y para los ultraderechistas de Alternativa por Alemania (AfD) se prolonga la oportunidad de seguir propiciando el deterioro del ambiente político alemán y europeo que les permita surgir, otra vez, como los gananciosos del río revuelto de la intolerancia, la incertidumbre, el desconcierto y el desánimo. Cualquiera que sea la salida que se acuerde, no será una salida triunfal ni particularmente airosa. La Gran Coalición misma ya no parece tan grande.

La negociación ahora iniciada ocupará, cuando menos, el tiempo que falta para la primavera. En la presente semana se realizan los contactos exploratorios. Todo mundo espera que conduzcan a seis u ocho semanas de negociaciones formales cuyas conclusiones deberán ser aprobadas, en consulta directa, por los miembros de los tres partidos implicados: la UCD y la CSU de Baviera, por parte de los democristianos, y el SPD por el centroizquierda. El partido bávaro coquetea demasiado con la ultraderecha: invitó a su congreso en Múnich a una figura impresentable, el jefe de gobierno húngaro Viktor Urban, que se empeña en actuar como el Trump centroeuropeo y encabezó la oposición a la política de asilo seguida por Merkel. Pareció una maniobra para sabotear las pláticas de coalición antes de su inicio formal.

Los temas que deberán ser convenidos para integrar un programa común de gobierno, es decir, una coalición real (no de mera fachada electorera, como las que ahora se ofrecen a los electores mexicanos), corresponden a los temas de fondo del debate político en Alemania y en Europa: migración y refugio, estado de bienestar, e integración europea, entre los tópicos mayores.

Un breve repaso: todo mundo supone que los votos perdidos por los democristianos y los no ganados por los socialdemócratas en la elección de otoño se debieron a sus políticas, signadas por la apertura, en materia de asilo e inmigración. Es triste que se vean obligados a rectificarlas. Los primeros hablan de un tope anual (200 mil) y los segundos se resisten. El ambiente de creciente intolerancia puede complicar el acuerdo, pero es esencial conseguirlo y hacer que funcione de manera efectiva en esta materia crucial. Sería lamentable que la única voz que se escuchase fuese la de la xenofobia y el racismo, la de AfD. Por otra parte, puede abrirse paso una posición favorable a la inmigración selectiva, que ayude a cubrir las 300 mil plazas de trabajadores calificados que cada año demanda la economía.

En materia de servicios de salud, pensiones y bienestar social, el SPD apoya un sistema universal, único, con financiamiento público, que supla a la mezcla de servicios públicos y privados que se tiene actualmente y que ha demostrado no ser ni la más eficaz ni la más económica. La resistencia provendría sobre todo de la CSU. El SPD necesita al menos una reforma de este corte para convencer a sus militantes que tiene sentido sumarse a la coalición.

Sobre el futuro de la Unión Europea hay una mucho mayor convergencia. El líder socialdemócrata, que presidió exitosamente el Parlamento Europeo, ha planteado la idea de los ‘Estados Unidos de Europa’, pero la época de los grandes designios integracionistas pertenece al pasado o, quizá, a un futuro un tanto remoto. En lo inmediato habría que trabajar, junto al gobierno de Macron en Francia, por una salida airosa y positiva del laberinto del Brexit. Al haberse ya aceptado una transición prolongada, este particular trance no será superado en el actual decenio. Habrá Brexit para rato.

Es difícil exagerar los riesgos que hay que superar en las próximas semanas. La aversión alemana a un gobierno de minoría, frágil por definición, es el factor que ha conducido a la búsqueda de una coalición estable, a pesar de que la integren los partidos que más votos perdieron en la elección de otoño: 14 por ciento entrambos. Si las negociaciones no permiten construir un acuerdo o si éste es rechazado por los militantes de uno u otro bando no quedaría otro remedio que convocar a nuevas elecciones, quizá este verano, antes de un año de las precedentes. AfD se frota las manos ante esta eventualidad: le favorecen la inercia; la patente incapacidad que mostrarían los partidos tradicionales, y el muy reciente ejemplo de Austria. La demagogia neofascista extraería los mayores rendimientos de una debacle de estas características. EL SPD tendría mayores dificultades para recuperar terreno, habiéndose identificado una vez más con su rival ideológico y habiendo fracasado en el intento. La lucha dentro de la CDU por la sucesión de Merkel podría ser destructiva para el partido. Como se advierte, hay todas las razones para esperar que Merkel y Schulz conduzcan a sus huestes a un buen acuerdo, aceptable para todos, y se reabra un periodo de consolidación que se extienda hasta bien entrado el próximo decenio.

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